Con el pijama puesto
Según la mayoría de los periodistas argentinos, la figura del fin de semana futbolístico fue Juan Román Riquelme. Ello en vista a los dos pases gol que realizó magistralmente en el match que su equipo disputó ante un opaco Independiente, que defendió en línea y al que cualquier muchacho que haya jugado un par de picaditos entre amigos le hubiera hecho lo mismo.
No se habla del regreso del Chapa Zapata en River con un pase gol y un gol de tiro libre incluidos ni del golazo de Peralta para Newell’s ni del gol de media cancha de Palermo. No, señores: se habla de “la magia de Román”.
Y la realidad me indica que en los diez partidos que se disputaron durante esta tercera fecha del Clausura 2007, pases como los de Riquelme hubo varios y quizás más merecedores de alabanza por la calidad de las líneas defensivas que fueron sometidas.
Analicemos un poco el fenómeno de Román: fue, innegablemente el estratega de aquel Boca de Bianchi que supo ganar todo. Pero no fue nunca, pero nunca algo más que eso.
Se fue del equipo de la Ribera en medio de la mala relación que generó con Mauricio Macri, al que le retiró el saludo durante meses y al que le dedicó la imitación del “Topo Gigio” luego de su enfrentamiento con la dirigencia de Boca por la renovación de su contrato.
En el 2002 llegó al Barcelona y su paso fue inadvertido. Tras no triunfar (¿no triunfar es lo mismo que fracasar?) en sus primeras temporadas en el club azulgrana, fue descartado por el técnico Frank Rijkaard y el Barza lo cedió al Villarreal, un equipo chico de España.
Allí sí, fue ídolo, quizás porque no estaba rodeado de estrellas con las que tuviera que competir. Sin embargo, enfrentado con el técnico Manuel Pellegrini y con el presidente del club, fue separado del plantel sin que ningún hincha reclamara su vuelta con demasiada euforia. Esta falta de apoyo quizás se deba a sus pobres actuaciones durante los últimos meses y a aquel penal que pateó en el último minuto de la semifinal de la Champions League que su equipo disputó contra el Arsenal y que depositó tibiamente en las manos de Lehmann.
Y un párrafo aparte merece su actuación para la Selección: los mismos periodistas que hoy hablan de “la magia de Román” llenaron páginas enteras y muchos minutos de aire radial y televisivo inflando al que sería la figura de Alemania 2006, el sucesor de Maradona o el nuevo 10 de la Selección.
Y así, Juan Román se convirtió en la decepción más grande del último Campeonato del Mundo. Con el pijama puesto salió a la cancha a colocar la mayoría de sus pases para atrás, fue esquivo en alimentar el hambre de gol de Crespo y pateó la mayoría de los corners en forma egoísta, intentando hacer un gol olímpico, jugando sólo para él y logrando sólo así que se los despejen en el primer palo. Amargura, lentitud y egoísmo: el “de la Rúa de la Selección” pasó sin pena ni gloria.
Y por último renunció, con la pobre excusa de no lastimar a “su mamá”. Hasta Verón, a pesar del desastre del 2002, jamás pensó en renunciar a la celeste y blanca, sólo pidió revancha.
Por eso, un par de pases gol no maravillan mi retina futbolera. Mucho tendrá que hacer Román para que esta cronista y muchos argentinos cambien su opinión acerca de él. Aunque seguramente a él, eso no le importe.
Según la mayoría de los periodistas argentinos, la figura del fin de semana futbolístico fue Juan Román Riquelme. Ello en vista a los dos pases gol que realizó magistralmente en el match que su equipo disputó ante un opaco Independiente, que defendió en línea y al que cualquier muchacho que haya jugado un par de picaditos entre amigos le hubiera hecho lo mismo.
No se habla del regreso del Chapa Zapata en River con un pase gol y un gol de tiro libre incluidos ni del golazo de Peralta para Newell’s ni del gol de media cancha de Palermo. No, señores: se habla de “la magia de Román”.
Y la realidad me indica que en los diez partidos que se disputaron durante esta tercera fecha del Clausura 2007, pases como los de Riquelme hubo varios y quizás más merecedores de alabanza por la calidad de las líneas defensivas que fueron sometidas.
Analicemos un poco el fenómeno de Román: fue, innegablemente el estratega de aquel Boca de Bianchi que supo ganar todo. Pero no fue nunca, pero nunca algo más que eso.
Se fue del equipo de la Ribera en medio de la mala relación que generó con Mauricio Macri, al que le retiró el saludo durante meses y al que le dedicó la imitación del “Topo Gigio” luego de su enfrentamiento con la dirigencia de Boca por la renovación de su contrato.
En el 2002 llegó al Barcelona y su paso fue inadvertido. Tras no triunfar (¿no triunfar es lo mismo que fracasar?) en sus primeras temporadas en el club azulgrana, fue descartado por el técnico Frank Rijkaard y el Barza lo cedió al Villarreal, un equipo chico de España.
Allí sí, fue ídolo, quizás porque no estaba rodeado de estrellas con las que tuviera que competir. Sin embargo, enfrentado con el técnico Manuel Pellegrini y con el presidente del club, fue separado del plantel sin que ningún hincha reclamara su vuelta con demasiada euforia. Esta falta de apoyo quizás se deba a sus pobres actuaciones durante los últimos meses y a aquel penal que pateó en el último minuto de la semifinal de la Champions League que su equipo disputó contra el Arsenal y que depositó tibiamente en las manos de Lehmann.
Y un párrafo aparte merece su actuación para la Selección: los mismos periodistas que hoy hablan de “la magia de Román” llenaron páginas enteras y muchos minutos de aire radial y televisivo inflando al que sería la figura de Alemania 2006, el sucesor de Maradona o el nuevo 10 de la Selección.
Y así, Juan Román se convirtió en la decepción más grande del último Campeonato del Mundo. Con el pijama puesto salió a la cancha a colocar la mayoría de sus pases para atrás, fue esquivo en alimentar el hambre de gol de Crespo y pateó la mayoría de los corners en forma egoísta, intentando hacer un gol olímpico, jugando sólo para él y logrando sólo así que se los despejen en el primer palo. Amargura, lentitud y egoísmo: el “de la Rúa de la Selección” pasó sin pena ni gloria.
Y por último renunció, con la pobre excusa de no lastimar a “su mamá”. Hasta Verón, a pesar del desastre del 2002, jamás pensó en renunciar a la celeste y blanca, sólo pidió revancha.
Por eso, un par de pases gol no maravillan mi retina futbolera. Mucho tendrá que hacer Román para que esta cronista y muchos argentinos cambien su opinión acerca de él. Aunque seguramente a él, eso no le importe.


