La cabeza por fuera y por dentro
Según la Asociación de Patronos Peinadores y Afines (APPYA), cámara empresaria del sector, entre 6000 y 7000 peluquerías funcionan a la calle; sin contar aquellas que trabajan en domicilios particulares. Entre ellas, aseguran que “casi todas se dedican a la clientela femenina”. Al comparar este dato con los 14.000 pediatras registrados en la Sociedad Argentina de Pediatría y que se encuentran distribuidos por todo el país, la cifra resulta asombrosa.
Si se tiene en cuenta que, según el último censo efectuado en el 2001, en la ciudad viven 1.517.680 mujeres, resulta que existe una peluquería cada 216 de ellas. Y más fino es el resultado si se considera que el 66% de la población femenina se encuentra en el rango de los 25 a 65 años, rango que según APPYA es el mayor consumidor de este tipo de servicios: así, existe una peluquería cada 143 mujeres.
Cuando uno ingresa a uno de estos salones, ya sea en el más coqueto de Recoleta o en uno más modesto de Monserrat, se encuentra con ciertas características comunes: música a un volumen bastante alto, algún televisor encendido en el que pasan videos de los cantantes del momento y revistas, muchas revistas viejas de esas que cuentan chismes de la farándula o especializadas en cortes y peinados de moda.
En este ambiente, rodeado de espejos y de artefactos electrónicos destinados a cambiar la apariencia de cientos de cabezas, se observan mujeres que se mueven como si estuvieran en su casa y que se entregan a las manos de los peluqueros con absoluta confianza.
Rodrigo, un experimentado estilista de 35 años, cuenta que trabaja en esto desde los diecinueve y que empezó barriendo el piso de la peluquería de su tío. Hoy trabaja como encargado del local de Leo Lina de Recoleta y sostiene que el día de mayor trabajo es el sábado, sobre todo porque durante la tarde todas las clientas se acercan para prepararse para la noche: “siempre hay casamientos, fiestas, cumpleaños, algo que genera la necesidad de estar impecable”.
Y no sólo del cabello se trata; en casi todos los locales se ofrecen además los servicios de belleza de pies, manicuría, depilación y maquillaje. “Incluso en una cadena de la competencia hacen permanente en las pestañas para que queden bien arqueadas”, se ríe.
Mientras Juana se deja colorear el cabello, bajo las hábiles y veloces manos del profesional y degusta un café que le ofrecieron mientras esperaba, acepta que ella viene a la peluquería cuando “necesita levantar la autoestima” y que lleva allí “todos sus mambos”. Rodrigo concuerda y asegura que muchas veces van a hacerse las manos o a cortarse las puntas y “terminan contándole todas sus cosas”.
Esta mezcla de creador de belleza, psicólogo y confidente también surge de la charla con Irene, que se desempeña en un pequeño local de Monserrat llamado Rosalía. Allí, las clientas no encuentran una atención que incluya café ni permanente en las pestañas pero se mantienen las revistas y la música, el sonido de los secadores de pelo y el aroma a shampoo, esmalte de uñas y cera depilatoria.
Irene cree que “casi todas las mujeres quieren parecerse a otra persona” y relata que muchas veces le llevan fotos de famosas pidiendo que les haga lo mismo. Según ella, un buen profesional no debe acceder a esos pedidos si considera que “no van a quedar bien” pero debe intentar disuadir sin herir los sentimientos de la clienta.
Según datos aportados por Unilever de Argentina, cada año se consume un promedio de 86.000 millones de pesos en colorantes, 90.000 en acondicionadores, 14.000 en muses y geles y 120.000 en shampoos.
Esto coincide con lo que describe Irene: “las mujeres maltratan su cabello, cuando lo tiene lacio quieren rulos, cuando son morochas quieren ser rubias y viceversa”. Y así se consumen tantos millones.
Al escuchar esto y desde las profundidades del secador de pie que parece sacar vapor de su cabeza, Andrea se atreve a interrumpirla: “otras somos víctimas de la moda: yo, si se usa flequillo me lo corto, si se usa el rojo me tiño de rojo y claro, ¡cómo no se va a consumir tanta plata!
En lo que todos coinciden es que a la mayoría de las mujeres les gusta que siempre las atienda el mismo peluquero; incluso si se va a trabajar a otro local, intentan seguirlo. Y según Rodrigo, esto se debe al lazo que se establece entre el profesional y la clienta y que le garantiza a la dama una hora de terapia por fuera y por dentro.¿Es cierto, entonces, que un cambio de look levanta el ánimo de las mujeres? ¿O lo que las ayuda es encontrarse con su peluquero y descargar en él sus problemas y frustraciones, seguras de que no van a encontrar en él críticas ni rechazos? Nadie se atreve a contestar estos interrogantes; sin embargo las cifras registradas llevan a pensar que ir a la peluquería conlleva algún beneficio importante.
Según la Asociación de Patronos Peinadores y Afines (APPYA), cámara empresaria del sector, entre 6000 y 7000 peluquerías funcionan a la calle; sin contar aquellas que trabajan en domicilios particulares. Entre ellas, aseguran que “casi todas se dedican a la clientela femenina”. Al comparar este dato con los 14.000 pediatras registrados en la Sociedad Argentina de Pediatría y que se encuentran distribuidos por todo el país, la cifra resulta asombrosa.
Si se tiene en cuenta que, según el último censo efectuado en el 2001, en la ciudad viven 1.517.680 mujeres, resulta que existe una peluquería cada 216 de ellas. Y más fino es el resultado si se considera que el 66% de la población femenina se encuentra en el rango de los 25 a 65 años, rango que según APPYA es el mayor consumidor de este tipo de servicios: así, existe una peluquería cada 143 mujeres.
Cuando uno ingresa a uno de estos salones, ya sea en el más coqueto de Recoleta o en uno más modesto de Monserrat, se encuentra con ciertas características comunes: música a un volumen bastante alto, algún televisor encendido en el que pasan videos de los cantantes del momento y revistas, muchas revistas viejas de esas que cuentan chismes de la farándula o especializadas en cortes y peinados de moda.
En este ambiente, rodeado de espejos y de artefactos electrónicos destinados a cambiar la apariencia de cientos de cabezas, se observan mujeres que se mueven como si estuvieran en su casa y que se entregan a las manos de los peluqueros con absoluta confianza.
Rodrigo, un experimentado estilista de 35 años, cuenta que trabaja en esto desde los diecinueve y que empezó barriendo el piso de la peluquería de su tío. Hoy trabaja como encargado del local de Leo Lina de Recoleta y sostiene que el día de mayor trabajo es el sábado, sobre todo porque durante la tarde todas las clientas se acercan para prepararse para la noche: “siempre hay casamientos, fiestas, cumpleaños, algo que genera la necesidad de estar impecable”.
Y no sólo del cabello se trata; en casi todos los locales se ofrecen además los servicios de belleza de pies, manicuría, depilación y maquillaje. “Incluso en una cadena de la competencia hacen permanente en las pestañas para que queden bien arqueadas”, se ríe.
Mientras Juana se deja colorear el cabello, bajo las hábiles y veloces manos del profesional y degusta un café que le ofrecieron mientras esperaba, acepta que ella viene a la peluquería cuando “necesita levantar la autoestima” y que lleva allí “todos sus mambos”. Rodrigo concuerda y asegura que muchas veces van a hacerse las manos o a cortarse las puntas y “terminan contándole todas sus cosas”.
Esta mezcla de creador de belleza, psicólogo y confidente también surge de la charla con Irene, que se desempeña en un pequeño local de Monserrat llamado Rosalía. Allí, las clientas no encuentran una atención que incluya café ni permanente en las pestañas pero se mantienen las revistas y la música, el sonido de los secadores de pelo y el aroma a shampoo, esmalte de uñas y cera depilatoria.
Irene cree que “casi todas las mujeres quieren parecerse a otra persona” y relata que muchas veces le llevan fotos de famosas pidiendo que les haga lo mismo. Según ella, un buen profesional no debe acceder a esos pedidos si considera que “no van a quedar bien” pero debe intentar disuadir sin herir los sentimientos de la clienta.
Según datos aportados por Unilever de Argentina, cada año se consume un promedio de 86.000 millones de pesos en colorantes, 90.000 en acondicionadores, 14.000 en muses y geles y 120.000 en shampoos.
Esto coincide con lo que describe Irene: “las mujeres maltratan su cabello, cuando lo tiene lacio quieren rulos, cuando son morochas quieren ser rubias y viceversa”. Y así se consumen tantos millones.
Al escuchar esto y desde las profundidades del secador de pie que parece sacar vapor de su cabeza, Andrea se atreve a interrumpirla: “otras somos víctimas de la moda: yo, si se usa flequillo me lo corto, si se usa el rojo me tiño de rojo y claro, ¡cómo no se va a consumir tanta plata!
En lo que todos coinciden es que a la mayoría de las mujeres les gusta que siempre las atienda el mismo peluquero; incluso si se va a trabajar a otro local, intentan seguirlo. Y según Rodrigo, esto se debe al lazo que se establece entre el profesional y la clienta y que le garantiza a la dama una hora de terapia por fuera y por dentro.¿Es cierto, entonces, que un cambio de look levanta el ánimo de las mujeres? ¿O lo que las ayuda es encontrarse con su peluquero y descargar en él sus problemas y frustraciones, seguras de que no van a encontrar en él críticas ni rechazos? Nadie se atreve a contestar estos interrogantes; sin embargo las cifras registradas llevan a pensar que ir a la peluquería conlleva algún beneficio importante.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario